Uno de mis héroes literarios es Samuel Johnson. Nadie, a excepción de Shakespeare, ha hecho más por la lengua inglesa ni ha mostrado una mayor pasión por las palabras. El caso es que, cuando no estaba redactando su celebre diccionario, cuidaba a su gato, al que mimaba y compraba ostras. Ya se sabe: puedes escribir el mayor diccionario de la lengua inglesa, pero tu humanidad se revela por cómo cuidabas al gato.Lo mismo cabría decir en relación al gato de Jésica. Me gustó escuchar lo que contó la odontóloga este martes: que su expareja, el exministro Ábalos, se gastó seiscientos pavos en una operación cuando se rompió la pierna —el gato, digo, no Jésica; por lo que sea, Jésica dijo la pierna, no la pata—. Lo que la gente no entiende es el gato no quiere ostras, porque le valen sardinas, ni quiere un piso en Plaza España, porque con una caja de cartón se basta. El gato no quiere ascensos, porque se encarama cuando le place y luego se deja caer con elegancia. El gato, como decia el poema de Neruda, solo quiere ser gato. No quiere mordidas, porque reserva los colmillos para lo que le interesa, ni firma recibos ni devuelve favores: todo lo màs, se limpia los bigotes, se sacude la cola y se ovilla en su cojín. Carlos, nunca he conocido un gato director general ni un gato subsecretario, ni por supuesto un gato exministro en el banquillo. Por algo será.Seamos felinos, porque quien nada debe, nada teme, y duerme a pierna o a pata suelta. No nos hagamos daño.